Nos juntamos a las 2 p.m. para ir a comprar los ingredientes, y yo obviamente acababa de salir de la ducha y todavía no había almorzado, pero no era la única, y en mi defensa, era sábado. Después de ir a comprar cada uno volvió a su pieza, y quedamos de juntarnos alrededor de las 3.30 p.m. a cocinar, lo que me dejó una hora para ordenar mi pieza, cocinar y almorzar. Aunque mi aporte no fue mucho (me pasé el tiempo picando, limpiando, cortando, y sacando fotos), lo pasé muy bien. Terminamos justo a tiempo y teníamos nuestra mesa lista a las 5, pero fuimos los únicos.
Mientras esperábamos al resto, nos tomamos una botella de té entera (lo consideramos nuestro premio por ser puntuales) y nos entretuvimos viendo como poco a poco las mesas se fueron llenando de comida que se veía realmente deliciosa. Y lo era. Comimos tanto que nos queríamos morir, y apenas nos sentíamos mejor, comíamos más. Mis compañeros cocinan demasiado rico, y por muy cliché que sea, se notó el cariño que todos pusieron en su comida. El exceso de azúcar fue responsable de severos ataques de risa, conversaciones intelectuales acerca del sonido que hacen los gallos es cada país (la versión alemana es kikiriquí también), y demostraciones de bailes nacionales. A la hora de irnos los tutores regalaron las botellas que sobraron, y me tocó una llena de mi té favorito! Me fui “guatita llena, corazón contento” y con platitos con sobras para mi almuerzo de mañana.


